Elogio a Antonio Garnica, mi director de tesis y maestro

la fotoCuando una persona muere se puede hacer balance desde dos puntos de vista, desde el punto de vista más profesional, de lo que uno incluiría en el curriculum vitae, y desde el punto de vista más humano y por lo tanto más valioso, de lo que uno diría o escribiría en un elogio para su funeral. Antonio Garnica nos ha dejado un rico legado en ambos terrenos, el profesional y el humano.

Desde el punto de vista profesional, como docente e investigador universitario, no cabe duda que supo construir una vida llena de méritos académicos.

Dejando en un segundo plano su dedicación a la Teología con su Licenciatura por la Universidad de Comillas en 1959 y su Doctorado por la Universidad Pontificia Gregoriana de Roma varias décadas después, cabe destacar en su trayectoria académica los siguientes hitos:

-Licenciado en Filosofía y Letras (Filología Moderna) por la Universidad de Sevilla en 1968

-Premio de la Real Maestranza de Sevilla de 1968.

-Diplomado, School of Languages and Linguistics en la Universidad de Georgetown
en el curso 1968-1969.

-Doctor en Filosofía y Letras (Filología Moderna) por la Universidad de Sevilla en 1971.

-Director del Instituto de Idiomas de la Universidad de Sevilla desde su fundación en
1972 hasta 1977.

-Catedrático numerario de Lengua Inglesa en la Facultad de Filología de la
Universidad de Santiago de Compostela desde 1978 hasta 1980.

-Catedrático numerario de Filología Inglesa en la Facultad de Filología de la
Universidad de Sevilla desde 1980 a 2001.

-Catedrático emérito a partir del año 2001 en la Universidad de Sevilla.

Su carrera investigadora se centró no solo en la figura de José María Blanco White (Sevilla 1775- Liverpool 1841) por la que es más conocido ya que llegó a ser uno de los grandes especialistas en su vida y obra, sino que de la mano de Blanco-White, Antonio Garnica llegó a otras personalidades como Nicolás Wiseman (1802-1865), John Henry Newman (1801-1890) o el norteamericano Washington Irving (1783-1859), que le mantuvieron ocupado durante los últimos años de vida tras su jubilación de la cátedra de la Universidad de Sevilla. En esta época llegó incluso a editar la novela de Concha Espina El Metal de los Muertos (2009), que narraba un episodio histórico sucedido en Riotinto, el pueblo en que Antonio Garnica había nacido el 8 de marzo de 1931.

Sin embargo, no debemos olvidar que la cátedra de Antonio Garnica dependía del Departamento de Filología Inglesa (Lengua Inglesa). Tras su estancia en la Universidad de Georgetown, fue uno de los primeros lingüistas que introdujo en España los estudios de gramática generativa o transformacional. Su tesis doctoral de 1971 lleva el título El sintagma nominal en inglés y español según la gramática transformacional (Accesible en IDUS: https://idus.us.es/xmlui/handle/11441/51233 )

Impartió durante muchos años clases de sintaxis y dirigió numerosas tesis doctorales. También fue uno de los primeros que se preocupó por promocionar la Lingüística Computacional, con discípulos como Gabriel Amores, fundador de Indisys, start-up comprada por Intel, y Julia Aymerich, lingüista computacional senior de la Organización Panamericana de Salud en Washington DC. También destacó en el ámbito de la enseñanza de idiomas, al ser el primer director del Instituto de Idiomas de la Universidad de Sevilla entre 1972 y 1977, y en el de las relaciones internacionales, siendo uno de los pioneros en el establecimiento de acuerdos con universidades norteamericanas como la de Harvard e Indiana y con universidades europeas a través del programa Erasmus. Fue incansable en su labor en favor de la universidad.

Fue además el primer catedrático de Lengua Inglesa en la Universidad de Santiago de Compostela. En esta universidad solo estuvo dos cursos académicos, pero dejó una profunda huella con discípulos como Luis Iglesias Rábade, Catedrático de Filología Inglesa en esa universidad, Eduardo Varela, actualmente profesor en la Universidad de Vigo, o Baltasar Frá Molinero, que desarrolló su carrera académica en EEUU.

Pero donde más se ha sentido su presencia ha sido en el Departamento de Filología Inglesa (Lengua Inglesa) de la Universidad de Sevilla, del que fue director durante muchos años.

No obstante, pese a su brillante carrera académica, en el terreno que más destaca la vida de Antonio Garnica es en su vertiente humana. Conocí a Antonio Garnica a principio de los años 70, de niño. Por casualidades de la vida resultó que mi familia alquiló varios veranos una casa en la playa de Mazagón justo en frente de la parroquia en la que Don Antonio, o “el cura” pues así es como lo llamábamos, pasaba sus veranos junto a su madre, Doña Elvira. En seguida, este cura progresista, popular y heterodoxo, nos embarcó a los niños de las casas de los alrededores de la parroquia en la aventura de hacer más interesantes las misas por medio de la música y las canciones. Lo que recuerdo de él de esos años en los que yo tendría 9 o 10 años fue su simpatía y cercanía con todos nosotros.  Incluso en alguna ocasión nos llevó de excursión a su pueblo, Riotinto.

Los avatares de la vida hicieron que Don Antonio nos siguiera en los veraneos y comprara, igual que mis padres, un apartamento en los edificios Aldomi de Matalascañas. Allí, Don Antonio ejercía de cura en bañador con su misa de los sábados por la tarde en los soportales del edificio, algo por lo que sería criticado en la prensa local. En esos años mantuvo bastante cercanía con todos los niños y adolescentes de Aldomi, y también con todos los adultos. Uno de los recuerdos más vívidos que tengo de él era la crítica que nos hacía de que pasáramos más de dos meses de veraneo sin hacer nada productivo. Creo que esa crítica es la que me impulsó a dedicar los veranos a dar clases particulares de lengua, latín e inglés en cuanto tuve ocasión, a partir de los 14 o 15 años. Nació así mi vocación como docente. También recuerdo que un verano que Don Antonio se embarcó en la aventura de aprender alemán de forma autodidacta me invitó a aprender y practicar esta lengua con él. Otra memoria imborrable que tengo de esa época eran las queimadas que organizaba en las que pronunciaba el conjuro en gallego para asombro de todos los adolescentes que asistíamos y en la que la música eran canciones norteamericanas de los años 60 y 70. También recuerdo nítidamente un día en el que con 14 años me hizo recitar los conceptos sobre gramática generativa que yo había aprendido como un papagayo de los manuales de Anaya de Fernando Lázaro Carreter, conceptos como los de transformación y estructura profunda y estructura superficial. Yo entonces no sabía que Don Antonio era profesor de Lingüística o que su tesis fuera de gramática generativa. Tampoco sabía que mi pasión por la lingüística iba a nacer poco después, en primero de BUP, por influencia de un profesor de lengua, Don José Antonio Reyes, al que estaré siempre agradecido y al que no supe mostrar mi agradecimiento cuando lo vi por última vez antes de su prematura muerte.

Lo que más me llamaba la atención de Don Antonio en esos veraneos en Matalascañas que continuarían hasta el verano de 2016, el año de su muerte, era lo popular y conocido que era. En los numerosos paseos que di con él por la playa a lo largo de los años siempre teníamos que parar docenas de veces para saludar a diestro y siniestro, y lo más destacable es que siempre tenía palabras amables y cariñosas para todos. Sin embargo, el episodio que dejó más huella en mí sucedió una noche en la que fuimos a ver al párroco de Matalascañas, Don Juan, quien estaba embarcado en la construcción de una iglesia de arquitectura moderna en el centro. Don Juan, dirigiéndose a mí en un momento en el que Antonio no estaba presente, me dijo que no sabía la suerte que tenía pues con Antonio no solo tenía a un amigo sino a un maestro para toda la vida.

Creo que esta es la cualidad que mejor define a Antonio, su magisterio en todos los ámbitos de la vida, no solo el académico o el sacerdotal, sino sobre todo en el humano.

Cuando cumplí los 17 años, Antonio Garnica convenció a Anthony Dawson, de la Universidad Politécnica de Liverpool, para que me probara como profesor de español para extranjeros en los cursos de primavera y verano que organizaba para alumnado británico en Sevilla y en Matalascañas. Debí hacerlo bien pues fui contratado varios años, en ocasiones incluso como profesor de español para universitarios que eran varios años mayores que yo. Ni que decir tiene que esta experiencia fue muy enriquecedora y me reafirmó en la vocación que he mantenido toda la vida, la docencia. Pero no solo eso, sino que Antonio convenció a mis padres para que me mandaran un verano a Indiana, EEUU a casa de sus amigos Paul y Catherine Nagy para que perfeccionara mi inglés. Fue una experiencia que me hizo crecer mucho en todos los sentidos y que introdujo a los Nagy en mi vida como segundos padres. Eso es lo que ha sido también Antonio Garnica en mi vida, un segundo padre muy especial ya que fue, además, mi director de tesis.

¿De qué se sentía más orgulloso Antonio Garnica? Sin duda, de su aportación al dar luz y reconocimiento a la obra de José María Blanco-White. Le oí presumir en más de una ocasión de que su edición y traducción de Cartas de España había sido el libro más vendido en la feria del libro de Madrid de 1972, justo antes del inicio de la transición española. También se mostraba muy orgulloso de que le llamaran para hacer de intérprete a los reyes que visitaban Sevilla. Así ejerció de guía e intérprete para el rey de Nepal, el rey de Jordania, la reina de Inglaterra y el rey de Suecia. Sus orígenes familiares vascos y la tradición minera de su familia eran otros de sus temas recurrentes, así como los felices años que vivió de niño en Cardona, Cataluña. También hablaba siempre con cariño y apasionamiento de su pueblo Riotinto y de las tradiciones como las fiestas de la virgen del Rosario que nunca se perdía, aunque por otro lado le doliera la situación de crisis permanente de las minas. Asímismo, participaba activamente en la Semana Santa de Sevilla como hermano de las hermandades de Santa Marta, El Calvario y Los Estudiantes y era asiduo visitante de la romería de El Rocío. Por último, destacaba la pasión con la que hablaba de sus años como cura joven, heterodoxo y progresista en Huelva, de las ideas del Concilio Vaticano Segundo, de su labor con los jóvenes del club Tajamar, muchos de los cuales mantuvieron una devoción por él el resto de su vida solo explicable por la honda huella que había dejado en ellos, y de lo que sería el inicio de su carrera universitaria cuando el obispo de Huelva le recomendó a mediados de los años 60 que se fuera a Sevilla a estudiar, para evitarle problemas políticos con la dictadura de Franco.

Aunque este texto sea un elogio a la persona de Antonio Garnica, me gustaría mencionar también algunos de los claroscuros de su vida. A Antonio le dolía la iglesia española, su conservadurismo. Él luchó toda su vida por modernizar la iglesia católica de España y hacerla más parecida a las iglesias de otros países como Francia, Inglaterra y EEUU. Tampoco comprendía cómo se podía mantener el celibato para los sacerdotes, la causa de que la mayoría de sus compañeros del seminario hubieran dejado el sacerdocio para poder casarse y fundar una familia. Él no lo hizo por la lealtad que sentía hacia la iglesia, ejerciendo de sacerdote hasta poco antes de su muerte, aunque lo pagó con la soledad de los últimos años de su vida tras jubilarse. También le dolía la universidad española. De nuevo la comparaba a la de los países anglosajones que él había podido observar de primera mano en sus múltiples viajes y encontraba muchas carencias.  Estuvo a punto de ser el primer rector de la Universidad de Huelva, pero probablemente lo frustró su actividad como presidente de las Comunidades de Propietarios de Matalascañas, cargo en el que resultó incómodo para los políticos, o el hecho de ser sacerdote, nunca lo sabremos. Por último, me gustaría destacar que pese a haber nacido un 8 de marzo, día internacional de la mujer, y pese a ser muy progresista en la mayoría de las cuestiones sociales, en el tema de la igualdad de la mujer, Antonio mantenía ideas bastante conservadoras sobre el papel de la mujer y no puso en cuestión en ningún momento el machismo imperante en la iglesia católica. Sin embargo, esto no le impedía ser igual de cercano y tener profunda amistad con innumerables hombres y mujeres.

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En definitiva, en este elogio a Antonio Garnica, fallecido el 15 de noviembre de 2106, con 85 años de edad, me gustaría poner de manifiesto el extraordinario magisterio que ha ejercido sobre todos los que hemos tenido la suerte de intimar con él. Antonio ha sido un gran maestro y ejemplo tanto como universitario, como sacerdote y sobre todo como una gran persona cercana y humana que se interesaba, escuchaba y ayudaba a toda aquella persona que se cruzaba con él por cualquier motivo.

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